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caciones diplomáticas entre los ministros y sus gobiernos, han procurado éstos asegurar por sí mismos el secreto de su correspondencia con sus agentes en el exterior por medio de la cifra. Distintos son los sistemas que de ella se conocen en el arte diplomático, ya de llave, simple (21) ó doble (22), ya de cinta ó entrerreja (23). Llámase nota en general toda comunicación diplomática, si bien las cruzadas entre el ministro de Estado y sus subordinados se llaman más bien despachos. Hay varias clases de notas, distinguiéndose las firmadas de las verbales, pues mientras que las primeras se entregan formalmente y por escrito (24), el contenido de las otras se enuncia de palabra, dejándose únicamente una minuta para auxilio de la memoria del otro interlocutor (25). Otras veces el agente diplomático se limita á dar lectura, sin añadir nada de su parte, de las comunicaciones recibidas de su gobierno (23) (b). El acuerdo de dos ó más potencias en asuntos de poca importancia para concluir un tratado se consigna en protocolos, canjes de notas ó declaraciones idénticas (27).

(1) El no haber llamado mon frère el emperador de Rusia al de los franceses sino monsieur, fué, según Martens (F. de), una de las causas de la guerra de Crimea.

Los presidentes de repúblicas, en cambio, sólo tienen el carácter de soberanos cuando ejercen las funciones de jefes del

(b) Llámarse notas colectivas las que dirigen firmándolas en común al gobierno de la corte donde están acreditados los plenipotenciarios de varios paises, y llámanse idénticas cuando, siendo separadas, tienen igual o idéntico tenor, signi ficando tanto unas como otras una acción ó consejo común de los Estados representados. Como ejemplo de las últimas puede citarse la de las embajadas de Epaña y Austria al gobierno del emperador de Francia en 28 de Marzo de 1861 sobre la cuestión romana, y de las primeras la de 14 de Enero de 1862 de los representantes de España, Francia y Gran Bretaña al gobierno de Méjico, y la de los embajadores de las seis grandes potencias (Alemania, Austria-Hungría, Francia, Gran Bretaña, Italia y Rusia) al gobierno de los Estados Unidos, de 6 de Abril de 1898 (Foreing Relations, 1898, pág. 740). En Madrid hicieron una visita colectiva el 9 del mismo mes (véase Libro rojo de 1898, n. 123).

poder ejecutivo, y en los demás actos de su vida privada no se les trata con consideración distinta que á los demás míseros particulares. En sus comunicaciones recíprocas ó con testas coronadas se dan simplemente el tratamiento de querido amigo (grande y buen amigo en la cancillería española), etc. Véase en Hartmann, pág. 78, las cartas que se cruzaron en 1860 entre la reina Victoria y el presidente de los Estados Unidos en ocasión del viaje del príncipe de Gales á América.

(2) El parentesco, de cortesía siempre, y real la mayor parte de las veces, entre los soberanos de Europa, ha sido más

favorable que adverso para el desarrollo del derecho internacional. Unidos por los vínculos de la sangre la mayor parte de los soberanos de Europa, realizan la idea de la fraternal sociedad de las naciones, y por su personal influencia han logrado evitar más de una vez sangrientas luchas producidas por ministros ávidos de popularidad y henchidos de quiméricas ambiciones. A los esfuerzos personales de la reina Victoria y el emperador Guillermo ha debido Europa la conservación de la paz en estos últimos años.

(3) El título de Majestad principió á usarse en el siglo XV; antes se servian sólo de él los emperadores. (Klüber, § 109.) Hasta el siglo XVI, los reyes españoles usaron únicamente el de alteza. El titulo grande del rey de España es el siguiente:

D. ALFONSO XIII

por la gracia de Dios y de la Constitución, rey de España, rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, islas y Tierra firme del mar Océano, archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, señor de Vizcaya y de Molina.

Según Castro y Casaleiz no se usa este título grande sino en las cartas de cancillería que se escriben á Rusia, y «muy

rara vez cuando se contesta á otro príncipe que haya usado de él para escribir á nuestra corte, lo que no suele suceder muy á menudo». (Ob. cit., tit. I, pág. 413.)

El título pequeño es actualmente el siguiente:

D. ALFONSO XIII

por la gracia de Dios y de la Constitución, rey de España.

(4) El título de «por la gracia de Dios» principiaron á usarlo los Carolingios, y los demás soberanos en general desde el siglo XV.

(5) Fernando VII fué el primer rey de España que añadió las palabras y la Constitución á las de por la gracia de Dios. Mucho más correcta y de sentido más católico es la fórmula usada por D. Alfonso XII: por la gracia de Dios, rey constitucional de España. De esta manera no parece que la Constitución haya trabajado tanto como Dios para elevar al rey.

(6) Napoleón III, queriendo aludir al famoso soi-disant plebiscito que le confirmó en la dignidad imperial, fué el inventor de esta añadidura sacrilegamente pegada al Dei gratia. Imitóle después Victor Manuel (ley de 14 de Marzo de 1861) al tomar el título de rey de Italia.

(7) Diccionario de la Academia V.o Católico. «Renombre muy antiguo de los reyes de España. Y por haberse renovado en los señores D. Fernando V y D.& Isabel I, por antonomasia se les llama los Reyes católicos.»

(8) Los miembros de la familia del soberano no disfrutan del privilegio de la extraterritorialidad ni de la inmunidad, á no ser cuando acompañan al monarca, en cuyo caso la disfrutan por formar parte de su séquito.

El regente del reino disfruta de las mismas prerrogativas que el monarca por cuya menor edad, ausencia ó incapacidad administra el Estado, excepto el título, á no ser que por otro motivo (v. gr., por ser uno de los padres ó abuelos del monar

ca) le correspondiese (c). Todos los miembros de familias reales se consideran mutuamente de igual calidad (ebenburtig) para contraer matrimonio entre sí. Luis XV, como observa Neumann, se casó con la hija del rey electivo de Polonia, Estanislao Leczinski. Según la Constitución española, necesita el rey el consentimiento de las Cortes para contraer matrimonio (art. 56). «El rey, antes de contraer matrimonio lo pondrá en conocimiento de las Cortes, á cuya aprobación se someterán los contratos y estipulaciones matrimoniales que deban ser objeto de una ley; lo mismo se observará respecto del inmediato sucesor de la corona.» Las capitulaciones matrimoniales regias son verdaderos tratados cuando los Estados prometen á los contrayentes pensiones del erario público ó se estipulan derechos sucesorios á alguna de las dos coronas.

(9) El heredero á la corona de España lleva el de príncipe de Asturias; el de Inglaterra, el de príncipe de Gales; el de Holanda, el de principe de Orange: el de Suecia, el de príncide Gothlandia. En Francia tenía el título de delfín.

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(10) El marido de la reina disfruta también del título de majestad por cortesía. Así lo tuvo D. Francisco de Asís.

(11) Las cartas de cancilleria (lettres de conseil) se encabezan con el título (algunas veces el extenso) del soberano, siguen después los títulos del que las recibe y principia la carta con las palabras nuestro hermano ó primo (si se trata de un presidente de república, nuestro gran y buen amigo). En el texto se usa el plural Nos, y se concluye con la misma fórmula de parentesco ó amistad y la firma del príncipe. Calvo dice que se acostumbran á añadir las palabras Sur ce, Nous prions Dieu qu'il vous ait dans sa sainte garde. En algunas canci

(c) Por Real decreto de 17 de Mayo de 1902, S. M. el Rey, «queriendo dar un testimonio de su afecto y de la gratitud con que la nación por ella regida durante diez y seis años, guardará memoria de sus servicios y virtudes y de su fidelidad en seguir las tradiciones de Su malogrado padre D. Alfonso XII en mantener unidos los anhelos del pueblo con los ideales del trono», ha dispuesto que Su Augusta Madre conserve durante toda su vida el rango, honores y preeminencias de reina consorte reinante, ocupando, por lo tanto, en los actos y ceremo nins oficiales, el mismo puesto que hasta hoy, ó el inmediato siguiente al de la que fuere su esposa, caso de que S. M. contrajera matrimonio».

llerías esta antefirma es autógrafa del soberano; así se hace en Inglaterra. Una de las calidades esenciales de esta clase de documentos es que van refrendadas por un ministro; en España el de Estado.

Según Castro y Casaleiz, las cartas de cancillería se emplean en España para tratar toda clase de asuntos que no interesen solamente al soberano, sino al país que dirige y go. bierna, como son las credenciales y recredenciales. (Ob. cit., tit. I, pág. 142.)

(12) Principian las cartas de gabinete con un preámbulo más sencillo (Monsieur mon frère, Madame ma cousine, etc.), se habla de sí mismo en singular, yo, y es tan sencilla la firma como el encabezamiento. No van rubricadas por el ministro de Estado y llevan sobre de menor tamaño y van selladas con el sello más pequeño ó el mediano.

Castro y Casaleiz (1. c.) dice que las cartas de gabinete se emplean para lo que se llama asuntos de familia, sirviéndose de ellas para comunicar los acontecimientos prósperos ó adversos de los soberanos ó sus familias.

(13) Según Castro y Casaleiz, las cartas autógrafas deben llevar la antefirma de manu regia.

Dice Calvo, imitando según costumbre una frase de Heffter: «Las cartas autógrafas son, dirigidas á los superiores, prueba de respeto, á los iguales de amistad, á los inferiores de afecto y estima.» (Tomo I, pág. 396.)

(14) Son las letras patentes, como observa Calvo, documentos emanados del soberano, dirigidos al público y llevados oficialmente á su conocimiento, v. gr., los manifiestos, protestas, abdicaciones, etc.

(15) Véase nota 5 al § 78.

(16) Dada la organización constitucional de las monarquías modernas, las audiencias de los embajadores y ministros pueden sólo ser ceremoniales y de atención, nunca referirse á negocios públicos, cuya gestión corresponde, como es sabido, en

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